jueves, 28 de septiembre de 2017

[1] d u e ñ a s

Aún no sé qué es lo que me duele. A veces me despierto y sólo puedo mirar hacia arriba tratando de encontrar un por qué para tus acciones, alguna razón para justificarte, algo, lo que sea. Pero no hay nada ahí. Suelo decirme a mí misma que no fuiste más que una persona incorrecta que decía las cosas correctas en el momento correcto, por lo tanto fue mi error haber malinterpretado tus acciones. Los besos en la mano, los besos en la frente, el roce de tu mano con la mía, tu mirada de niño cruzándose con la mía, tus labios sobre los míos, cada parte de ti cruzándose con cada parte de mí. Todo eso se redujo a un enorme malentendido. 


En el corto tiempo que compartimos juntos (tiempo que yo misma me encargué de acortar) me acostumbré a ti. A tus apariciones ocasionales en los pasillos, los balcones y las escaleras; tu mirada sobre mí desde lejos en la cafetería, la expresión en tus ojos que me decía "ven, juega con mi cabello", tus intentos fallidos de dormir la siesta en mis piernas, mi mano tranquilizando tu ansiedad por debajo de la mesa... me adapté a ti. Y perder los pequeños actos fue lo que más me dolió. ¿Sabes que he hecho todas estas semanas? ¿No? Yo tampoco lo sé. Todos los días me siento como si alguien hubiera manipulado algún interruptor en mi espalda, colocándome en "modo automático". Asumo que así debe sentirse ser un robot. La realidad a mi alrededor parece haberse disipado en un millón de partículas que ya no alcanzan a rozarme. Todo parece superfluo, empezando por mi misma. 

A ratos, cuando descanso de mi contemplación fija en algún punto de la pared (o en su defecto, el paisaje de terreno baldío que me acompaña durante los largos viajes en mi camino a la universidad y de vuelta), me pregunto qué habría pasado si no te hubiera preguntado nada aquel jueves. ¿Estaríamos bien ahora? ¿Seguirías hablándome en lugar de pretender que no me ves pasar junto a ti? ¿Habríamos sido algo? ¿Ella seguiría siendo un fantasma sobre ti? Pero me detengo y digo: ¿Para qué? Lo hecho, hecho está y, para mi mala suerte a veces, hecho se queda. Luego comienzan los otros interrogantes: ¿Cuánto tiempo habría soportado? ¿Te habría podido besar nuevamente? ¿Y qué hay d todas las demás? También me detengo, pero esta vez la razón cambia. Ya no hay un para qué sino un ¿Bajo qué condiciones? 


Estoy cansada ya, tal vez demasiado herida. Tal vez mi ego está dolido después de tantos golpes sin nada de recompensa. Probablemente tú no sientas lo mismo. ¿Qué digo probablemente? Si yo sé que es así. Para ti yo fui menos que nada, como una mariposa que casualmente llega y se posa en tu parabrisas pero con la que nunca llegas a encariñarte porque se va antes de llegar a casa. Aunque, pensándolo bien, no sé muy bien quién de los dos es la mariposa dentro de esa metáfora. Al inicio quería que te doliera casi tanto como a mí, que sintieras el abandono y la sensación de minusvalía, pero ya sé que eso no me garantizaría sentirme mejor ni por un segundo. Al contrario, me pondría peor el saber que tú lo estás pasando mal. ¿Patético, no? Pero así soy yo. 



Espero que los próximos dos años de universidad te dejen algo más que una adicción sin sentido y un amor traumático que se incrustó dentro de ti como un cristal roto que constantemente se sigue dividiendo en piezas más pequeñas, (obviamente no el mío). Pero, más allá de todo eso, te repito las mismas palabras que tecleé aquel fatídico día:



ENCUENTRA TU PAZ


Porque yo seguiré tratando de hallar la mía y ¿quién sabe? tal vez algún día mi camino empedrado y tus rosales de enredadera se crucen otra vez a la entrada de un nuevo lugar donde seamos significantes el uno para el otro. Pero que conste que ya te llevo ventaja.